No parece el tipo más amable del mundo, pero pocos creativos pueden compararse a él. A lo largo de los últimos años, Mel Gibson se ha ido convirtiendo en una figura extraña y polémica. El otrora gran estrella de la interpretación iba desapareciendo de la gran pantalla al mismo ritmo que crecían sus escándalos. Detenciones, comentarios antisemitas, incidentes en estado de embriaguez y un largo etcétera de salidas de tono iban formando una nueva imagen para la figura del que fuera uno de los niños mimados de Hollywood. Todos observaban con recelo cualquier paso del bueno de Mel.

Braveheart

Nadie va a discutir aquí que Mel Gibson es complicado. Puede que no sea el tipo ideal para cruzarte a la salida de una discoteca, pero estos elementos son los que han forjado a uno de los directores más grandes de las últimas décadas. Todo se la trae al pairo, lo que se traduce en una vertiente humana controvertida, pero también en una dimensión creativa enorme. Y es que, cada vez que se pone tras las cámaras, nadie se atreve a decirle lo que debe hacer.

Hasta el último Hombre

Mel Gibson es uno de esos casos en los que la libertad creativa resulta absoluta. Si a eso le añadimos una habilidad inusitada para la puesta en escena y el desarrollo narrativo, el resultado es Braveheart, La Pasión de Cristo, Apocalypto o Hasta el último Hombre. Ninguna de ellas deja indiferente al público, ya que este bruto en diamante llamado Mel Gibson es capaz de conseguir que cada una de sus películas resulte una obra maestra.

Nos gusta imaginar que Mel Gibson es a la dirección, lo que su Martin Riggs de Arma Letal lo era a la policía. Ese ímpetu irrefrenable y el desprecio a toda clase de autoridad se antojan la clave del éxito de este incomprendido genio.

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