A la hora de facturar una película efectiva, son muchos los detalles a tener en cuenta. Parece que todo suele reducirse a la fórmula guión+dirección+montaje, pero hay pequeños detalles de por medio que pueden mandarlo todo al traste o amenazar el resultado final. Cuando Wes Ball nos presentó El corredor del laberinto allá por el año 2014, todos los elementos funcionaban de forma óptima. No vamos a decir que el filme fuese una obra maestra moderna, pero le sacaba todo el jugo posible a la novela de James Dashner. 113 minutos trepidantes, que era lo que cabía esperar.

Ahora, cuatro años después de conocer a Thomas y compañía, El corredor del laberinto: La cura mortal se plantaba ante nosotros con el objetivo de regalarnos un buen rato, pero con un grave problema de metraje. Y es que los eternos 142 minutos que nos ofrece la película son un lastre demasiado pesado. ¿Era necesario liarse tanto? La verdad es que no. De hecho, no habría estado de más darse cuenta de que la segunda entrega ya flaqueaba por este costado. Si llegamos desfondados al final de una proyección, el sabor de boca que deja un filme nunca es demasiado agradable.

En marzo de 2016, en pleno rodaje de la última cinta de la trilogía, Dylan o´Brien sufrió un accidente en rodaje que detuvo la filmación durante más de un año. Así, los plazos de estreno de El corredor del laberinto: La cura mortal se dilataban excesivamente, cortándonos el rollo a todos. Eso tampoco ha jugado a favor de una película que, sin embargo, logra mantener buen pulso durante gran parte de su metraje. Sin capacidad de sorpresa y sin mucha pegada, pero la cinta avanza por caminos seguros. Antesala de un descuajeringue de los buenos.

El corredor del laberinto: La cura mortal

El aquí firmante no está familiarizado con las novelas de James Dashner, pero lo de los últimos pasajes del filme es para tirarse de los pelos. Sea o no fiel al material original, El corredor del laberinto: La cura mortal falla estrepitosamente en su desenlace. La reiteración en el drama de intensidad desmedida hace efectivo el primer golpe, pero absurdo el segundo. La táctica del doble clímax es una maravilla, siempre y cuando no sea una repetición. Así, la saga que empezó como un sensacional ejercicio de entretenimiento, termina en un fallido intento de traca (y “retraca”) final. Nunca debimos salir de aquel laberinto…

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