Su nombre nos sabe a hierba. Más de cuarenta años lleva en la industria, un tiempo que le ha valido a Hayao Miyazaki para convertirse, probablemente, en el mejor director de animación de la historia del cine. Tras unos primeros años de carrera en los que iniciaría su relación con el mundo de la animación de la mano de Isao Takahata colaborando en las míticas series Heidi y MarcoMiyazaki dirigiría su primera serie en 1978 con Conan, el niño del futuro y solo un año después daría el salto al mundo del largometraje gracias a El Castillo Cagliostro. A partir de ese momento, Miyazaki fundaría su propio estudio con el que produciría todas sus obras futuras: Estudios Ghibli.

La Princesa Mononoke

Nausicaä del Valle del Viento, Mi vecino Totoro, Porco Rosso,El viaje de Chihiro, El castillo ambulante, Ponyo en el acantilado… Todas ellas forma ya parte imprescindible del patrimonio cinematográfico mundial. Un buen puñado de joyas facturadas por la mano de este auténtico artesano de los sueños llamado Hayao Miyazaki ganador del León de Oro y del Oscar a la Mejor Película de Animación. Pero especial querencia sentimos por un canto a la vida y a la naturaleza llamado La princesa Mononoke que, estos días, cumple la friolera de 20 años.

 La Princesa Mononoke

Con el fin de curar la herida que le ha causado un jabalí enloquecido, el joven Ashitaka sale en busca del dios Ciervo, pues sólo él puede liberarlo del sortilegio. A lo largo de su periplo descubre cómo los animales del bosque luchan contra hombres que están dispuestos a destruir la Naturaleza. 

Parece que fue ayer, pero mucho ha llovido desde que la compleja película se plantase ante nosotros. Larga y compleja, pero hermosa en cada uno de sus minutos, La princesa Mononoke lograba introducirnos en un mundo de fantasía que rompía con los esquemas de todo lo vivido hasta el momento. En unos tiempos en los que tanto necesitamos de banderas de defensa de la naturaleza, el filme se convertía en una lírica declaración de intenciones a este respecto. Puede que sea mucho decir, pero seguramente se trate de la obra más trascendental en la brillante carrera del maestro Miyazaki.

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